“Parece que estoy en situación de calle”, comenta Xóchitl Pérez, de 54 años, mientras señala las sillas cubiertas bajo una lona en las que ha dormido desde que fue desalojada del departamento donde vivía, en la calle República de Cuba #11, en el Centro Histórico de la ciudad.
Llevaba 51 años como inquilina y trabajaba como cuidadora de un adulto mayor, pero ahora no sabe que va a pasar con ella y sus cinco perros, que corren entre las casas de campaña y las lonas colocadas por los afectados para resguardarse, “porque en estos días nos ha llovido sobre mojado”.
La puerta del edificio fue sellada con soldadura desde el miércoles. Afuera, los vecinos permanecen en un campamento para cuidar las pertenencias que continúan tiradas en la calle. Algunos de ellos, adultos mayores con salud delicada, han recibido apoyo para pernoctar en un hotel, pero el resto monta guardias en la calle, entre el ruido de los bares y los transeúntes que miran curiosos.
“No se vale que hayan jugado así con la vida de las personas, todo ha sido muy fuerte, el vernos abrazados unos con otros preguntándonos ‘¿qué vamos a hacer? ¿Qué sigue?’, y no ha venido nadie del gobierno a vernos”, lamenta por el trato violento que recibieron por parte de las personas a las que les pagaron para desalojarlos sin previo aviso.
Hasta ahora, ninguna autoridad se ha acercado a ellos para darles solución, únicamente acudió una brigada de personal médico para revisar a los adultos mayores y les ofrecieron mesas de diálogo con el Instituto para la Vivienda. Pese a la incertidumbre, los vecinos dicen que se mantendrán ahí.
“No soy invasor de ningún predio, hice mi contrato, debe estar en alguna de las bolsas negras que están aquí”, afirma Manuel Gómez, de 70 años, vecino del edificio desde 1975.
La mañana del miércoles, una persona que se identificó como actuario tocó a su puerta, al igual que en los otros 18 departamentos del edificio, para pedirle que se saliera porque iban a desalojar el edificio. Desconcertado, Manuel pidió que le mostraran una orden judicial, “y de manera muy prepotente sacó un fajo de hojas y me las restregó en la cara”.
Apenas tuvo tiempo de atrapar a sus dos gatos, que corrieron a esconderse entre los gritos. No pudo sacar muebles ni ropa, únicamente medicinas y un retrato de su esposa. Su colección de libros -que forraban los muros de dos habitaciones- la encontró amontonada en la calle, algunos en bolsas negras, “pero lo demás ya es historia”.
Mientras encuentra otro espacio de vivienda o se resuelve la situación con el inmueble de República de Cuba #11, Gómez dice que se está quedando con sus gatos en un cuarto que le prestó una de sus dos hijas, pues la otra también rentaba un departamento en este inmueble y se encuentra en la misma situación.
“Estoy seguro de que este edificio, llamado ‘Luna y Sol’, lo van a poner muy chulo y lo van a alquilar a otros, porque es un inmueble histórico catalogado como patrimonio de la Ciudad de México. Este es uno más de la gentrificación que está sucediendo actualmente”, comenta el afectado.
Diana González, de 62 años, ha sido vecina del edificio desde que nació. Es la tercera generación de su familia que vivió en el departamento 18, aunque ahora duerme en una silla en la calle, para cuidar las bolsas en las que guarda las pertenencias que pudo recuperar tras el desalojo.
“De por sí, cuando estaban desalojando nos robaron cosas. Los cargadores se fueron bien cargaditos con todo, por eso decimos que esto no fue un desalojo o un despojo, fue un robo. En mi caso, se llevaron mi celular y mil pesos que tenía para lo que pudiera necesitar“. Ahora, se mantiene de los apoyos que les llevan los habitantes de edificios aledaños y los negocios cercanos, así como de las promesas de las autoridades.
Molesta, recuerda que mientras saqueaban el edificio llegó al lugar una veintena de granaderos, quienes únicamente formaron una valla alrededor del inmueble y observaron. “Así deberían de tratar a los rateros, a los violadores o los feminicidas, pero hubiera visto cómo nos trataron a nosotros”.
“La basura que ven en la calle es lo que quedó de todas nuestras cosas, y nosotros no tenemos la fuerza suficiente para volver a empezar”.
Maricarmen tenía una imprenta que abarcaba dos locales en la planta baja de República de Cuba #11, donde ahora solo queda una máquina foliadora que, por su peso y tamaño, no se pudo llevar. Consiguió un plástico grande para cubrirla del polvo y la lluvia, lo que no garantiza que pueda dejar de servir por las condiciones en que fue puesta en la banqueta de la calle.
El resto de sus cosas fueron trasladadas por sus hijos al Estado de México, para continuar trabajando, ya que tenían varios pedidos pendientes “y si no los terminamos y los entregamos a tiempo vamos a perder a los clientes”.
En su caso, logró llegar a tiempo para que le permitieran sacar las cosas del local sin que intervinieran los cargadores que pagaron para ejecutar el desalojo, por lo que no le robaron maquinaria ni materiales, lo que no la eximió de pérdidas, pues el tener que trabajar desde otro lugar y regresar a hacer entregas de pedidos en el centro de la ciudad le cuesta dinero.
Preocupada, comenta que a diferencia de lo que las autoridades le han prometido a los vecinos que vivían en el edificio, los locatarios no han recibido algún apoyo para volver a montar sus negocios, “y es nuestra fuente de trabajo, si no dejamos de tener para comer”.
Al igual que Maricarmen, otros negocios de jugos, una cocina económica y una reparadora de máquinas de escribir se encuentran en la incertidumbre, “pero ni modo, ¿qué podemos hacer? Ni modo de ponernos al tú por tú”.
En el caso de Serafín Sánchez, quien se dedicaba a la reparación de impresoras y máquinas de escribir, llegó al edificio cuando ya habían desalojado el local, por lo que encontró sus cosas amontonadas en la calle sin mayor explicación.
Algunas de las máquinas que tenía para reparar fueron robadas, al igual que 60 mil pesos que guardaba en el local. Lo poco que pudo rescatar fue resguardado por locatarios de edificios aledaños, y otros objetos permanecen tirados en el piso, dentro de un espacio delimitado por una cinta amarilla en la que se lee la palabra “precaución”.
Con todo y las incomodidades que implica el quedarse en la calle, los vecinos se mantienen firmes en la decisión de no abandonar el edificio. Hasta que les resuelvan, seguirán en el campamento que tiene cerrada la calle República de Cuba, en cuyos límites hay carteles pegados con la leyenda: “¿quieres saber qué pasa? Pregunta”.
Con información de Animal Político.