
Ciudad de México, 08/05/26 (Más).- La presencia de referencias satánicas en la política ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en un recurso frecuente en ciertos sectores del republicanismo estadounidense y en movimientos de ultraderecha alrededor del mundo.
Líderes y seguidores del trumpismo han comenzado a calificar a sus adversarios no solo como erróneos o enemigos, sino como siervos del Anticristo, transformando la contienda política en una lucha entre el bien y el mal con connotaciones literales de satanismo.
Este discurso, más allá de la retórica esotérica, se ha consolidado como una narrativa política que mezcla fanatismo religioso, teorías de conspiración y polarización social.
De acuerdo con Javier Cavanilles, autor de Satanismo. Historia del culto al mal (Almuzara, 2024), “en Estados Unidos, para millones de cristianos, el diablo no es una abstracción. Es un ser con rabo y cuernos, una amenaza real. Su uso para infundir miedo por parte del trumpismo, mezclado con teorías de la conspiración y alimentado por la polarización, está en auge”.
Esta estrategia de demonización de los adversarios ha recorrido la historia política estadounidense desde el macartismo hasta movimientos contemporáneos como QAnon y Pizzagate, en los cuales la figura del diablo aparece vinculada con presuntos enemigos del país o conspiraciones globales.
El uso del simbolismo del Anticristo ha alcanzado un estatus dominante dentro del discurso del trumpismo, según Kristin Du Mez, autora de Jesús y John Wayne (Capitán Swing, 2022), al señalar que “los evangélicos conservadores llevan mucho tiempo hablando de la obra del diablo” para estigmatizar a sus oponentes.
La llegada de Donald Trump al poder y su permanencia en la Casa Blanca ha reforzado esta tendencia, integrando la demonización de rivales políticos como parte del mensaje central de su administración, mientras se promueve la figura presidencial como casi mesiánica dentro del republicanismo.
Dentro de este marco, personajes como Paula White, designada por Trump como directora de la Oficina de la Fe, han declarado que su misión es enfrentar una “confederación demoníaca”, y el presidente mismo se refiere a los demócratas como “el partido de Satán”.
Este tipo de discursos no se limita a declaraciones aisladas, sino que se extiende a medios y canales del movimiento MAGA, amplificando teorías conspirativas sobre figuras públicas, desde Joe Biden hasta supuestos actos diabólicos vinculados a hechos recientes de la política estadounidense.
Entre los tecnomillonarios próximos a Trump, Peter Thiel también ha incorporado la noción del Anticristo en su análisis político, conceptualizándolo como una fuerza globalista que amenaza con llevar al mundo hacia un apocalipsis, y ofreciendo sus interpretaciones en foros internacionales, incluyendo Roma.
Du Mez interpreta esta práctica como una mezcla de fanatismo y ambición, donde la lucha contra el Anticristo se convierte en un recurso para consolidar poder y control sobre el desarrollo tecnológico y político global.
El fenómeno no se limita a Estados Unidos. En América Latina, líderes como Nayib Bukele en El Salvador y Jair Bolsonaro en Brasil han recurrido a la figura de Satán para estigmatizar a pandillas o a la izquierda política.
En Argentina, Javier Milei incluso llegó a calificar al papa Francisco como “el representante del Maligno en la Tierra”, ejemplificando cómo la retórica religiosa extrema se usa como herramienta política en diversos contextos latinoamericanos.
En España, la influencia del cristianismo ultraconservador estadounidense se percibe de manera más moderada, aunque presente.
Santiago Abascal, líder de Vox, ha utilizado el concepto de exorcismo para referirse a La Moncloa, mientras acusa al presidente Pedro Sánchez de sostener un “terrorismo satánico” en Oriente Próximo.
Alejandro Quiroga, historiador de la Universidad Complutense, indica que la derecha española recurre a la dualidad de la “España verdadera” versus la “anti-España” como recurso discursivo, diferenciando entre “buenos y malos españoles” y utilizando símbolos religiosos para deshumanizar a los adversarios políticos.
Aunque en España la literalidad del satanismo político es menos radical que en Estados Unidos, el fenómeno demuestra cómo narrativas religiosas y simbólicas del bien y el mal pueden penetrar en el debate político y la polarización social.
El trumpismo ha consolidado esta tendencia a nivel global, convirtiendo la demonización del adversario en una estrategia central de comunicación política, y adaptando los mensajes según contextos culturales locales sin perder su esencia apocalíptica y polarizante.
Con información de Massinformación.