La historia del ‘Chernóbil mexicano’, el mayor desastre radiológico con Cobalto-60 que empezó en Juárez

Hace 43 años, el 6 de diciembre de 1983, Ciudad Juárez se convirtió, sin saberlo, en escenario de uno de los accidentes radiológicos más graves en la historia de México. Una fuente de Cobalto-60 fue extraída de un hospital privado y vendida como chatarra.

Lo que parecía un simple lote de fierro viejo liberó una cadena de contaminación que alcanzó miles de hogares y hasta cruzó la frontera con Estados Unidos, gracias a la negligencia de un médico y el desconocimiento de un técnico, quienes son señalados como los responsables de un desastre radioactivo que es conocido como ‘El Chernóbil mexicano’.

La historia, reconstruida a partir de expedientes desclasificados y testimonios recogidos por varios medios, narra que una máquina de radioterapia abandonada en un…
[11:55 a.m., 9/5/2026] Paola OMNIA: Hace 43 años, el 6 de diciembre de 1983, Ciudad Juárez se convirtió, sin saberlo, en escenario de uno de los accidentes radiológicos más graves en la historia de México. Una fuente de Cobalto-60 fue extraída de un hospital privado y vendida como chatarra.

Lo que parecía un simple lote de fierro viejo liberó una cadena de contaminación que alcanzó miles de hogares y hasta cruzó la frontera con Estados Unidos, gracias a la negligencia de un médico y el desconocimiento de un técnico, quienes son señalados como los responsables de un desastre radioactivo que es conocido como ‘El Chernóbil mexicano’.

La historia, reconstruida a partir de expedientes desclasificados y testimonios recogidos por varios medios, narra que una máquina de radioterapia abandonada en un hospital privado terminó fundida y convertida en varillas y mobiliario industrial. Estas piezas se distribuyeron en viviendas de interés social y restaurantes, exponiendo a cientos de personas a radiación.

La magnitud del problema se conoció por casualidad. En enero de 1984, un camión que transportaba el material contaminado fue detectado por el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Estados Unidos (sí, el mismo sitio donde décadas antes Oppenheimer construyó la bomba atómica).

La situación pronto se convirtió en un problema internacional, con autoridades de México y Estados Unidos intentando contener un desastre invisible que había dejado su huella en el aire, en los metales y en la salud de quienes manipularon el material.

Un hospital privado y una máquina olvidada: el origen del ‘Chernóbil mexicano’

Dentro de una bodega del Centro Médico de Especialidades de Ciudad Juárez descansaba una máquina de radioterapia, adquirida sin permisos ni protocolos. En el interior del aparato, una fuente de Cobalto-60 seguía activa. Invisible y peligrosa.

La máquina Picker C-3000, utilizada para tratar el cáncer, fue adquirida en 1977 por el médico Abelardo Lemus a la compañía X-Ray Equipment Co. sin cumplir con los requisitos de importación vigentes en ese momento.

El Instituto Nacional de Energía Nuclear (INEN) nunca recibió notificación de su adquisición ni autorizó su importación o supervisó su uso, según detalla un informe de la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias (CNSNS).

La máquina costó cinco mil dólares y Lemus, para abaratar los costos de su traslado, se saltó los permisos de la CNSNS y se la trajo a México en su auto. Lo curioso es que nunca se utilizó y estuvo seis años olvidada en el almacén del hospital.

Fue hasta esa noche de diciembre de 1983 que Vicente Sotelo, técnico del hospital, sacó el equipo con ayuda de un amigo, Ricardo Hernández. Según su versión, lo hizo por instrucción del propio Lemus; sin embargo, el médico negó todo y acusó a Sotelo de robo, pese a que la máquina pesaba alrededor de 100 kilos.

Ambas declaraciones quedaron registradas en la averiguación previa 79/85 de la entonces Procuraduría General de la República (PGR), de acuerdo con la investigación de la periodista Laura Sánchez Ley para Gatopardo.

¿Cómo la contaminación ‘invisible’ de Cobalto-60 invadió la frontera México-EU?

Aquel 6 de diciembre de 1983, Vicente Sotelo y Ricardo Hernández extrajeron la fuente radiactiva de su blindaje y la perforaron, rompiendo el encapsulamiento que la mantenía aislada. El Cobalto-60 comenzó a dispersarse con cada paso que daban.

La camioneta pick-up donde Vicente Sotelo transportó la fuente quedó impregnada con radiación gracias a la dispersión de los gránulos de Cobalto-60. Poco después, la camioneta se averió y estuvo estacionada 40 días en la calle Aldama, en la colonia Bellavista, donde los niños jugaban alrededor sin saber que respiraban veneno invisible.

Sotelo y Hernández tenían la idea de vender la máquina como chatarra y para ello lo llevaron al Yonke Fénix, uno de los deshuesaderos que por esa época ya eran bastante comunes en la frontera. Allí, los trabajadores del lugar manipularon la fuente sin protección.

Uno de esos trabajadores era Antonio Fabela, un joven de 23 años que murió siete meses después del incidente, víctima de la radiación del Cobalto-60. Su familia relató que primero perdió el cabello y luego presentó lesiones en la piel. Al final, los médicos le diagnosticaron cáncer.

Pero el drama no quedó en el Yonke Fénix. La chatarra contaminada fue vendida a la empresa de fundición Aceros de Chihuahua, S.A. (Achisa) y a la maquiladora Falcón de Juárez, donde se mezcló con otros metales y se fundió en varilla y bases metálicas.

Según el documento de la CNSNS, la fuente de Cobalto-60 tenía una actividad inicial de 1003 curies cuando fue adquirida en 1977 y para finales de 1983 aún conservaba aproximadamente 450 curies, cantidad que todavía se considera altamente peligrosa.

La camioneta contaminada con Cobalto-60 estuvo estacionada 40 días en la calle, poniendo en riesgo a cientos de personas. (Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias)

El hallazgo en Nuevo México que reveló el desastre radiológico

El 16 de enero de 1984, el chofer de un camión cargado con varilla contaminada de Acereros de Chihuahua se perdió en la ruta y pasó cerca del Laboratorio de Los Álamos, en Nuevo México. Los detectores de radiación se activaron de inmediato.

Tres días después, el Departamento de Salud de Texas notificó a la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias en México.

La noticia llegó a la prensa internacional. La revista Proceso tituló “Mil toneladas de varilla radiactiva, perdidas en el país”, mientras The New York Times advertía que el accidente en Juárez podía convertirse en uno de los peores desastres nucleares en América.

El 20 de enero de 1984, personal de la CNSNS inició investigaciones en la fundidora Achisa y en el Yonke Fénix, confirmando la contaminación. Dos días después, se encontraron gránulos de Cobalto-60 esparcidos en calles de Ciudad Juárez.

Para esas fechas, gran parte de esa varilla ya había sido exportada a Estados Unidos, mientras otra se distribuyó en al menos 16 estados de México, principalmente en Chihuahua, Sonora, Baja California y Sinaloa.

La investigación estimó que el accidente radioactivo produjo alrededor de 6 mil toneladas de varilla contaminada y expuso a unas 4 mil personas a radiación.

‘La Piedrera’, el cementerio radioactivo en Chihuahua

Ese mismo mes comenzaron las labores de descontaminación. El material recolectado fue confinado en enormes sarcófagos de concreto en La Piedrera, Chihuahua, un sitio que se convirtió en depósito permanente de residuos radiactivos.

Meses antes, en febrero de 1984, se había elegido un sitio en el desierto de Samalayuca, Chihuahua, a 500 metros de la estación Desierto del ferrocarril Chihuahua-Ciudad Juárez y a 12 km al sur de la garita del Km 28, para el almacenamiento definitivo de los desechos radiactivos.

Este sitio, con una capacidad de 12,000 m cúbicos para 10 mil toneladas de material contaminado (varilla, bases de mesas, chatarra, tierra y la camioneta pick-up), fue considerado idóneo tras estudios geohidrológicos, meteorológicos y climatológicos realizados en mayo y junio de ese año. Las obras de construcción del “cementerio nuclear” se iniciaron entre junio y agosto.

Sin embargo, a principios de septiembre, la Confederación Patronal de la República Mexicana en Ciudad Juárez manifestó una fuerte oposición. Como resultado, el gobernador del estado ordenó la cancelación del sitio de Samalayuca, justo cuando se iniciaba el traslado del material.

Finalmente, a principios de noviembre, se seleccionó a ‘La Piedrera’, a 15 kilómetros al suroeste de Samalayuca, en el ejido El Vergel, asegurando el consentimiento de los ejidatarios.

El expediente Cobalto-60 y las ‘cicatrices’ que dejó el accidente

Las investigaciones revelaron que unas 4 mil personas estuvieron expuestas a radiación, cinco de ellas con dosis extremadamente altas, entre 300 y 700 rems. El informe de la CNSNS reconoció daños irreversibles en algunos pacientes y la demolición de cientos de casas.

La varilla contaminada se había utilizado en la construcción de viviendas y edificios: 814 fueron demolidos, y se recuperaron más de 2 mil 300 toneladas de varilla antes de que se usara. El material radiactivo fue confinado en sitios de disposición en Chihuahua, Estado de México y Baja California.

En total, se enterraron alrededor de 36 mil toneladas de residuos contaminados.

Los síntomas entre los trabajadores del yonke y de las fundiciones fueron casi inmediatos: dolores de cabeza, diarrea, fiebre, caída de cabello, manchas en la piel. Algunos recibieron dosis altísimas, y otros quedaron con esterilidad irreversible, como los hermanos Agustín y Pedro de la Cruz.

El expediente se mantuvo como secreto de Estado durante décadas. Aunque la CNSNS y el IMSS intentaron dar seguimiento médico, con el tiempo abandonaron la tarea. La población quedó sumida en la incertidumbre: durante semanas, los habitantes de Ciudad Juárez no sabían si sus casas, calles o lugares de trabajo estaban contaminados.

Aunque fue bautizado como el ‘Chernóbil mexicano’, especialistas aclaran que las dimensiones del accidente de cobalto-60 no fueron comparables con el desastre soviético de 1986.

A más de cuatro décadas del evento, el paradero de Vicente Sotelo Alardín sigue siendo un misterio. Los registros oficiales lo ubican por última vez a mediados de los años ochenta, después de haber sido señalado por robo, aunque nunca se le comprobó delito alguno.

En 1984 se le practicaron estudios de sangre que no mostraron daños por radiación, pero poco después desapareció.

En 1985, las autoridades intentaron localizarlo sin éxito. Vecinos de la colonia Bellavista recuerdan que se mudaba con frecuencia, hasta que un día su rastro simplemente se perdió. Para algunos, fue solo un trabajador que siguió órdenes sin imaginar las consecuencias; para otros, el responsable directo del desastre.

Con información de El Financiero. 

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